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Nació en Jaén pero creció y vivió en Ronda. Amante de la
lectura y del conocimiento se interesó plenamente por Ronda.
Se hizo cargo de la imprenta de su padre teniendo más a
mano la labor de edición y publicación, igualmente creo una
sala de lectura y fundó varias publicaciones como Guadalevín,
Serrano, El Popular , y sobre todo Historia de Ronda en 1867
por la que es más reconocida su actividad.
Así relataba el impresor Juan José
Moreti una leyenda de la época fronteriza, la de Cid Al-ben-Darraiz
de Ronda en su “Historia de Ronda”
"A consecuencia de las alteraciones habidas en todas las
líneas y los pueblos, los Alcaides de los puntos castellanos
vigilaban con frecuencia las fronteras, y tal hacía Narváez
el de Antequera, que no sólo vigilaba que sus subalternos
vigilasen, sino que él mismo a caballo noche y día, estaba
siempre al pié de las tierras de su mando con incansable
celo.
Una de las noches que en el profundo silencio de costumbre,
estaban los soldados del alcaide de Antequera tumbados sobre
la hierba disfrutando del suave y embalsamado ambiente de
las flores que mecía la fresca brisa, sintieron a distancia
acompasados pasos de un caballo que en dirección a ellos se
acercaba.
Mucho fue el contento de la tropa al comprender que se
allegaba algún motivo en que sacar del ocio a sus espadas, y
no se hizo esperar. Un brioso corcel, regido por un gallardo
joven que contaría unos veintitrés años escasos, se
distinguía y no se habría este apercibido de la gente
castellana cuando la blanda risa y nítida frescura de la
noche, unidos a los amorosos pensamientos de su alma le
incitaron a entonar una estrofa. Pero cual fue su sorpresa
al percatarse de que se encontraba junto al campamento
cristiano. Los soldados se levantaron y le conminaron a
rendirse.
Una ojeada en torno de los que le rodearon, lanzada con
iracunda acción, fue la respuesta que acompañó arrojando a
gran distancia la lanza, el alfanje y la almarada que traía
a su cintura.
Sin más molestia ni otra ceremonia, el moro fue llevado a
donde estaba Narváez, que al ver al prisionero tan ricamente
puesto de marlota guarnecida de oro, de toca tunecina con
bonete grana y delicado albornoz de Damasco, que le hacia
aún mas gallardo y elegante, presumió que pertenecía alguna
familia principal.
-¿Quién eres- dijo Narváez- y dónde vas a tales horas?
Dos lagrimas de ardiente sinsabor se desprendieron de los
nublados ojos de Al-ben-darraiz, que tal era su nombre
-Soy -dijo- Abencerraje, nací en Ronda, adelantado de la
frontera de Alora e hijo de Al-ben-darraiz alcalde actual de
mi patria.
Y viendo que Narváez lo miraba de hito en hito como
echándole en cara su llanto y amargura, continuó:
-No me intimidan el cautiverio ni la muerte, pero ¡ay! es la
primera vez que he faltado a mi palabra.
-¿Qué quieres decir con eso?-le replicó Narváez.
-Deseaba cumplir con mis deberes vigilando los puestos de mi
cargo y departir después con mi Jarifa algún momento de amor
y de ventura; pero mi suerte no lo ha querido. Le tenía dada
palabra. ¿Y qué dirá cuando no llegue...? Dime tú ahora,
señor, si debo o no sentir mi arresto.
-¿Y si yo te permitiese la libertad precisa para ver a tu
amada?. ¿Volverías?
-Si por fortuna se hallase aquí quien conociera mi nombre y
proceder respondería; pero, ¿Qué contesto yo en este
instante? Un juramento es la respuesta si en él tenéis la fe
que los muslimes.
El alcaide de Antequera no pudo reprimir la emoción de su
carácter; su caballerosidad le revelaba que no habría hombre
capaz de faltar a su palabra y entonces dijo:
-Al-ben-darraiz, estás en libertad; el alcaide de Antequera,
Rodrigo de Narváez, te permite que cumplas tu palabra a la
dama a quien la comprometiste; pero aguarda que lo mismo
satisfagas el juramento que le ofreces. Adiós, en Antequera
espero tu regreso.
Ni la flecha damasquina despedida por un arco de Turquía
cruzara el viento con más velocidad que el caballo del
rondeño.
Triscaban los guijarros oprimidos por los apresurados
choques de su aceradas herraduras, y Al-ben-darraiz, como en
brazos de un amor ardiente y puro se halló a las pocas horas
en los alrededores de Coín.
Entró en la población y se dirigió a los jardines de
Jarifa, que después de sentidas quejas y desdenes, oyó la
desventura de su amante.
Pero ella también estaba enamorada y en su delicadeza no
cabía el consentimiento de una acción villana. Al-ben-darraiz
debía volver a su prisión, más ¿cómo dejarlo solo? Iba a
cumplir el juramento contraído, pero ¿quién sabía el
porvenir?. Jarifa entra en amargas confusiones, el cariño a
sus padres la detiene, el amor le interesa y arrebata, y al
fin, con la respiración agitada y descompuesta se dirige a
los cofres de su ropa, arranca de ellos la joyas más
preciosas, los trajes más ligeros y exquisitos y, haciendo
con todo un bulto, lo presenta a su adorado.
No bastaron las reflexiones más prudentes, las pinturas más
tristes y más agrias del estado de cautivo, las privaciones
que le aguardaban ni las penalidades que traía la
esclavitud.
Pero esas amonestaciones eran hechas por un corazón herido
de la misma enfermedad y claro es que no pudieron disuadir a
la apasionada joven: así que ambos montaron sobre el caballo
anhelosos solamente de cumplir la palabra y juramento
contraídos y que la fortuna decidiese lo que hubiese de
venir.
Ni una palabra ni una reflexión acudió a interrumpir el
silencio de los jóvenes amantes.
Entraron en Antequera y encaminados a presencia de Narváez,
su actitud humillante y silenciosa suplió lo que el labio no
pudo articular.
La joven desató el bulto que llevaba y sacando su más ricas
preseas con las alhajas y collares que le servían de
adornos, suplicó con abundantes lágrimas y virginal ternura,
le sirviesen de rescate.
Medió un instante indescriptible. Tierna escena que no puede
narrarse, porque tampoco mediaban palabras que la
interrumpiera.
Al cabo, Narváez, con aquella majestad que lo caracterizaba,
brindó cada una de sus manos a dos desanimados jóvenes y con
voz consoladora y apacible les dijo:
"Sois libres: ornen esos presentes la sienes de la hermosa
desposada y una a ellos los que yo le donaré".
Mandó en seguida que todos los caballeros y señoras pasasen
a conocer y ofrecer sus homenajes a tan leales y
pundonorosos jóvenes, disponiendo que en seguida saliese de
Antequera una escolta de escogidos caballeros y llevaran
carta suya al padre de la novia suplicándole el perdón y
otros para que condujeran y pusiesen a salvo a los recién
casados a las puertas de la ciudad de Ronda. |