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ERA DE RONDA, Y SE LLAMABA ÁNGEL HARILLO …

Se llamaba Ángel,
oportuno nombre para un ser tan especial, y era de la bella
Ronda…
Tantas cosas se podrían
decir de él… Sonreía detrás del mostrador de la confitería, su
confitería, la pastelería Harillo, situada en la mítica calle de
La Bola. Siempre amable, siempre feliz, siempre generoso. Era un
hombre tranquilo, rondeño, sencillo y buen amigo.
Su manera de hablar, cálida y
andaluza, teñía el aire de notas agradables, y cada conversación
con él era un regalo para los sentidos.
Lo conocimos hace algún
tiempo… él era el tío Ángel… mi hermana y yo sus sobrinas.
Siempre que llegábamos a
Ronda, a la ciudad eterna que te enamora para siempre, nos
recibía una mañana serena, y serrana, y aparecía a recogernos,
con su sonrisa preciosa y su “duende” particular nuestro
queridísimo Juani Bulerías. Nos trasladaba al Parador y desde
allí, como si se tratara de un ritual, de una peregrinación, nos
encaminábamos a la confitería, donde aguardaba el tío Ángel, con
su beso cariñoso y sus regalos en forma de cajas de yemas.
Nos hizo falta tiempo…
mucho más tiempo… días y meses para ir a ese lugar mágico donde
Ronda se ve distinta, para acercarnos a comer a una fonda “donde
se come muy bien”, para ir juntos a las tierras francesas de La
Camarga que tanto gustaban a Antonio Ordóñez, para beber más
vino y empezar más conversaciones, para más noches de calor y
color bajo ese eterno cielo rondeño, para una y mil Goyescas…
Cuánto le gustaban a Ángel
las Goyescas…
Por eso guardaré para
siempre en la memoria, como si fueran un tesoro, aquellas
palabras que él dijo el año pasado horas antes de que se
presentara Antonio Ordóñez, natural ( mente ), dijo que para él
aquel acto simbolizaba lo mismo que una de sus amadas Goyescas.
Pero hemos tenido tiempo,
también. Tiempo de conocerlo. De disfrutarlo. Tiempo de
compartir, de reírnos juntos en muchos lugares de Ronda, donde
tan bien nos han tratado siempre, de pasear por esa ciudad
divina que fascinó a Rilke. Hemos tenido tiempo de regalarle una
boina que le encantaba; de callejear por las noches; de observar
la estatua de Cayetano Ordóñez bajo la luz de la Luna, cuando
adquiere matices diferentes y permite que uno imagine que está
moviendo su capote; tiempo de escuchar música flamenca; cenar
ajoblanco con melón; de fotografiarnos. De hacer planes.
Hicimos muchos, tantos…
tantos planes…
Era de Ronda, se llamaba
Ángel, Ángel Harillo, y de segundo apellido Ordóñez, y por sus
venas corría sangre torera, era tan valiente, tan Ordóñez,
poseía la casta de los ganadores, y la nobleza de los hombres de
bien… Ordóñez de arriba abajo y de los pies a la cabeza, tan
taurino… desde que nos conocimos siempre recordó a su bella
sobrina Carmen con lágrimas en los ojos… en algún lugar que yo
no sé cuál es deseo que se encuentre con ella, ya que tanto la
quería, y que desde allí no olvide su paseo de La Bola…
Estos días Ronda le llora.
Ángel nunca hablaba mal de nadie ni a nadie. Era dulce, como una
de sus yemas…
Decía odiar los funerales,
quién no, y pedía que tras su muerte se brindara a su salud con
una copa de vino. Y así se hizo, Ángel nos dejaba el 30 de
agosto, el 31 tras la ceremonia religiosa el tinto corría en su
honor…
Nos hizo falta tiempo para
muchas cosas… pero hemos tenido tiempo para muchas otras. Para
aprender su filosofía de la vida, hedonista y feliz, para
contagiarnos de su talante, amable y sencillo, para bebernos sus
palabras y anhelar siempre más y más de Ángel…
El 30 de agosto de 2007
fallecía Ángel Harillo Ordóñez, pero su recuerdo vivirá
eternamente entre nosotros, y su esencia jamás podrá desligarse
de las callejuelas de Ronda. Con estas palabras quiero brindar
por él, y agradecer la suerte que me otorgó la vida al
permitirme conocer a una persona tan especial.
Tío Ángel: un par de besos
y un par de olés.
Texto: Cristina Padín
Barca.
Ilustración: Silvia Padín Barca.
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